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Ni flaco, ni tan convidado

Mis ratos, los íntimos, se reducen a los tres o cuatro escalones del hall de entrada del edificio. Mis momentos, como aquel en el cual me olvidaba del mundo usando la compu mientras vos espiabas mis libros dejándome hacer, se reducen a ese pequeño espacio que va desde mi culo en el escalón hasta mis pies en la vereda.
Y desde ese lugar, a la hora de la luna, me hago amigo de este lugar que aun no siento mío ni en su porcentaje mas chico. Desde ahí intento encontrar respuesta a este “¿Qué hago acá?” o, en el mejor de los casos, busco distraerme y olvidar de preguntarlo a cada rato.
El paisaje que tengo antes mis ojos no es el mejor. Aunque, quizás mas por preferir sentirme cómodo conmigo mismo que con las cosas, nunca le dí a los lugares físicos la importancia que seguramente se merecen. De todas formas no puedo negar que la vuelta al perro de Mar del Plata era mucho mas interesante que el empapelado que me muestra día a día estas calles pero es todo muy relativo. No lo extraño.
A la una de la mañana, cuando enciendo mi tercer cigarrillo de la jornada, mis ojos se pierden buscando detalles idiotas en los autos que están estacionados; en los resto de basura que los recolectores de residuo dejan al cumplir con su 80% de eficacia nocturna; me sorprendo con el silencio que hay a pesar de estas a cien metros de lo que dicen es la avenida mas larga del mundo; y me distraigo mirando de reojo cual es el tema que sigue en mi gastado mp3 que compré cuando aun no sabía que te ibas a ir. En realidad cuando aun no sabía aun que tenía planes de que te quedes.
Levanto la vista, suspiro, trato de buscar el cielo y los arboles me juegan una mala pasada. Es imposible ver el cielo limpio y entre tantas ramas, aun con hojas a pesar de la reciente llegada del otoño, confundo luces de mercurio con destellos de Luna. Una luna solitaria, triste, apagada, totalmente dependiente de la luz que el sol logra reflejar en ella. Y mientras enciendo el cuarto cigarrillo la realidad del quinto auto que pasa en menos de dos minutos trae mi vista nuevamente a la tierra. Ni siquiera un martes a la una de la madrugada puedo encontrar aquel silencio que hace unos minutos parecía eterno y necesario. Ni siquiera una noche como hoy puedo librarme del sonido que hace el tren al pasar.
De golpe pasa un chico corriendo por la vereda de enfrente. Siento muy fuerte el golpe de sus zapatillas al dar cada sanco y no puedo evitar mirarlo con cierta cara de preocupación. No puedo evitar pensar si pasó algo, si alguien lo sigue. Recuerdo las palabras de Aníbal Fernández y trato de darle un sentido no tan político al “hay una sensación de inseguridad” y creo que por primera vez le creo o al menos lo entiendo.
La palabra “sensación” me hace pensar en vos. Me hace reconocer, una vez mas, que te extraño; que me resulta muy difícil no cruzarme con tu imagen en alguno de los 1440 minutos que tiene el día; que hay millones de charlas y palabras dando vueltas; que son cosas que espero olvidar rápido o al menos espero que dejen de doler. Me doy cuenta que lejos de esa “sensación” tu ausencia es una realidad inmodificable. Reconozco las ganas que tengo de hablarte, de contarte donde estoy, que estoy haciendo, que vine a buscar, decirte una vez mas mis miedos, buscar ese abrazo silencioso que no dice nada y dice todo, ganas de saber de vos y que ese saber me guste.
Y no me refiero a que haya quedado algo pendiente que decir o hacer. Por primera sentí que lo hecho en ese momento fue lo necesario, fue todo lo posible a esa hora y a ese lugar. Lo que surja después es absolutamente relativo e innecesario. Las decisiones las tomamos en el momento, con lo que fuimos y somos hasta ahí, y si bien no me arrepiento no puedo dejar de comparar tu presencia, o tu ausencia, como ese pedacito de nuez que se queda atrapado entre las muelas después de comer una ensalada Waldorf. Quizás lo que tengo es esa necesidad de preguntar “¿Qué ha sido de ti?”, “¿Qué fue de nosotros?”, “¿Qué ha sido de mí?” y que la respuesta me guste.
Son casi las dos de la mañana y sigo acá. Suena feo que lo diga pero el escalón es duro y ya me está doliendo el c…. Además mis pies tienen la necesidad dejar medias y zapatillas al menos por las próximas ocho horas. Mañana será martes y necesito que sea uno bueno. De buenas noticias, de llamados que aun no llegan a pesar de mirar el teléfono cada minuto y veinticinco segundos. Un martes sin vos, en todo el amplio sentido de la palabra.
No porque lo quiera borrar definitivamente pero las cosas fueron escritas así. Y con eso no me refiero al destino. Quiero decir que aun mantengo ese pensamiento de que “la excusa mas cobarde es culpar al destino”. Las hojas están escritas por nosotros. No hablo de una incertidumbre, hablo de algo real escrito por en el pasado y esto es un libro complicado que no permite volver las hojas atrás. Entonces me ilumino por un rato, por la luz de mi mente o por el cartel de “libre” del taxi que acaba de parar en el cordón, y me doy cuenta que el 50% no es suficiente para seguir. Lo bueno y lo malo de la vida se tiene que seguir viviendo de a dos. Y me doy cuenta que en casa tengo un cajón lleno de medias y ya no necesito mas. Prefiero intentar, una vez mas, llegar al lleno completo o al menos a vaciar del todo este gastado vaso que de a ratos no sabe como seguir en la mesa. Por suerte es solo de a ratos, por suerte los dos sabemos que soy de los que siguen. Quizás con una mochila mas pesada, pero soy de los que siguen…

Ndr: Al cierre de este texto, en este martes que se termina, no apareció el llamado telefónico esperado. Será seguramente mañana, o el jueves, o el viernes. Va a llegar. Pero sí apareció un mail que no esperaba y como me dijeron hoy... "sorpresas te da la vida". Está vez no lo quiero dejar pasar, quiero demostrar y demostrarme que ya dejé de andar a contramano. Buenas noches, que tengan un lindo miércoles.

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